Al fin se llega al punto donde la vista es amplia, perfecta para deleitarse y beberse el atardecer. Aquí los ojos del alma y los ojos físicos se funden en uno, ante la luz tan llena de fuerza y color. Es necesario en este momento abrir los ojos de la razón para poder entregarse al disfrute de ver el pasado de frente. Si porque lo que ahora tenemos de frente es suma de lo pasado; al transcurrir la tarde uno imaginaba cuales de esas nubes llegaría a la cita con el ocaso. Y como en la vida lo que tenemos delante es el pasado. Imprescindible como dijera José María Vigil. De frente siempre tenemos nuestra propia historia.
Ahora está listo el observador de nubes para aprender de este oficio ya que ante aquel emotivo final del día se puede con toda tranquilidad en aquel tiempo que parece no pasar o por lo menos no con la premura con que corrió la jornada. Aspirar aquel aire que huele como nunca a eternidad y ver el final como una conclusión a la cual se llega en base a poder construir con cuidado paso a paso cada instante, que ahora llamamos pasado pero que esta de frente a nosotros. Seguramente el recuerdo amontonará suficientes imágenes que es posible nos obstaculicen verá que la luz cada ves es más tenue y los colores se deslavan ante sus ojos, y por que no que sea la melancolía, la que así los perciba, porque justo ahora el sol muestra su último esplendor y nos recuerda que hicimos y no lo que intentamos hacer.
El sol se ido, queda aun claridad y en nuestro entendimiento también la claridad y la certidumbre. Es momento de inicia a percibir el sabor de la esperanza. La esperanza es el único antídoto contra lo insoslayable.